Congruencia: ¿el valor perdido?

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Omega Vázquez Reyes

Vivimos tiempos en los que la política, las instituciones e incluso la vida cotidiana enfrentan una crisis silenciosa: la pérdida de la congruencia.

Cada vez es más común escuchar discursos llenos de principios, honestidad, democracia, igualdad y justicia, mientras las acciones avanzan en sentido contrario. Se habla de valores, pero se practican conveniencias. Se exigen comportamientos a los demás que no estamos dispuestos a asumir en lo personal. Y así, poco a poco, la congruencia parece haberse convertido en una especie en peligro de extinción.

La congruencia es la capacidad de actuar conforme a lo que pensamos, a lo que decimos y a lo que defendemos. Es el puente entre las palabras y los hechos. Sin ella, la confianza desaparece, la credibilidad se debilita y la sociedad termina por desconfiar de quienes la representan.

Pero la congruencia suele ponerse a prueba cuando resulta incómoda.

Es fácil defender la democracia cuando los resultados nos favorecen. Lo difícil es respetarla cuando la voluntad popular puede conducir a un desenlace distinto al que deseamos. Es sencillo hablar de legalidad cuando las reglas juegan a nuestro favor; más complicado es mantenernos dentro de ellas cuando parecen representar una desventaja.

Sin embargo, son precisamente esos momentos los que definen el carácter de las personas y de las instituciones.

La congruencia no es un concepto exclusivo de la política. Es una decisión diaria que se refleja en cada ámbito de nuestra vida.

En lo personal, por ejemplo, hay momentos en los que es necesario tomar decisiones difíciles. Quien aspira a construir un proyecto político debe entender que no siempre es posible hacerlo todo al mismo tiempo. A veces, la verdadera congruencia implica separarse de un cargo para concentrarse plenamente en una responsabilidad política, o asumir una responsabilidad pública dejando de lado intereses personales. Una cosa o la otra. Pretender estar en ambos espacios al mismo tiempo suele generar conflictos y dudas legítimas.

En el ámbito nacional encontramos otro ejemplo evidente. Decimos amar profundamente a México, defender su soberanía y sentir orgullo por nuestra patria. Sin embargo, resulta una contradicción pedir la intervención de gobiernos extranjeros para resolver nuestros problemas internos. No se puede proclamar amor por la independencia nacional mientras se solicita que otros decidan por nosotros. La soberanía se defiende con convicción o se renuncia a ella; no existe un punto intermedio.

Pero quizá la prueba más importante de la congruencia ocurre dentro de nuestros propios hogares. Escuchamos con frecuencia discursos sobre la igualdad, el respeto y el apoyo a las mujeres. Sin embargo, todavía existen familias donde las hijas tienen menos oportunidades que los hijos, donde las madres cargan solas con las responsabilidades o donde las mujeres ven limitados sus sueños por prejuicios arraigados. No podemos exigir una sociedad más justa si la injusticia comienza en casa.

Como pueden ver, la incongruencia es mucho más común de lo que pensamos. Está presente en la política, en las instituciones, en los espacios de trabajo, en las redes sociales y también en nuestras familias. Por eso, cualquier transformación verdadera debe comenzar por una revisión personal.

Jugar limpio no debería ser una excepción ni una estrategia temporal. Debería ser una convicción. Porque cuando se manipulan procesos, se cierran espacios de participación o se intenta sustituir la voluntad popular por decisiones de unos cuantos, no solo se afecta a un adversario político: se vulnera el derecho de la ciudadanía a decidir su propio destino.

La historia demuestra que ningún proyecto construido sobre la simulación logra sostenerse indefinidamente. Tarde o temprano, la verdad encuentra la manera de abrirse paso. Y cuando las personas sienten que se les niega la posibilidad de elegir libremente, la inconformidad crece hasta convertirse en una fuerza imposible de ignorar.

Por eso, incluso si la congruencia implica asumir riesgos o enfrentar desventajas en una contienda, sigue siendo el camino correcto. Porque las victorias obtenidas sin principios terminan siendo derrotas morales. Y porque el verdadero liderazgo no consiste en ganar a cualquier costo, sino en respetar las reglas, honrar la palabra y confiar en la voluntad ciudadana.

Al final, el pueblo decide.

Y cuando no lo dejan decidir, la historia nos enseña que el pueblo encuentra la forma de hacerse escuchar.

La congruencia no se demuestra en los discursos; se demuestra en las decisiones. Y toda transformación verdadera, social o política, comienza por la capacidad de vivir aquello que decimos defender.