Reflexiones sobre la infancia y la adolescencia
El talento se descubre, pero también se acompaña
Por Daniela de los Santos
Esta semana millones de mexicanos hemos celebrado el extraordinario momento que vive Gilberto Mora. Su talento dentro de la cancha emociona, inspira y nos recuerda que los grandes sueños pueden comenzar desde la infancia. Sin embargo, detrás de cada joven que llega lejos casi siempre encontramos una historia que pocas veces ocupa los titulares: la de una familia que estuvo ahí.
Más allá de las condiciones, del entrenador o de las oportunidades que se presentan, hay algo que las madres, los padres y las personas cuidadoras sí podemos hacer: ayudar a nuestros hijos a descubrir aquello que los hace brillar y acompañarlos con constancia para que desarrollen ese talento.
Encontrar ese talento requiere observar, escuchar y permitir que experimenten. No todos nacieron para el fútbol. Algunos encontrarán su pasión en la música, en el arte, en la programación, en la ciencia, en la robótica o en cualquier otra disciplina. Nuestra tarea no es decidir por ellos qué les debe apasionar, sino darles la oportunidad de descubrirlo.
Y una vez que lo encontremos, creo que hay tres principios que pueden hacer una enorme diferencia.
El primero es entender que nuestros hijos ya tienen un maestro. Si eligieron un deporte, un instrumento o cualquier disciplina, permitamos que quien tiene la preparación los guíe. Muchas veces, con la mejor intención, queremos corregirlos desde la tribuna, desde la casa o durante el camino de regreso. Terminamos dando instrucciones distintas a las del entrenador o del profesor, confundiendo al niño y, en ocasiones, provocando que aquello que tanto disfrutaba deje de hacerlo. Nuestro papel no es sustituir al maestro, sino respaldar su trabajo.
El segundo es no obligarlos a vivir nuestros propios sueños. Hay niñas y niños que prueban un deporte y descubren que no es lo suyo. Otros pasan por varias actividades antes de encontrar aquello que realmente los apasiona. Está bien. La infancia también es tiempo de explorar. Forzar una disciplina rara vez forma campeones; con frecuencia solo genera frustración y abandono.
Y el tercero quizá sea el más difícil: acompañarlos sin presionarlos. Existe una enorme diferencia entre motivar y exigir perfección. Hay padres que, con la intención de formar personas exitosas, terminan convirtiendo cada entrenamiento o cada competencia en un examen. Regañan, castigan o privan a sus hijos de lo que más disfrutan cuando no obtienen el resultado esperado. Así no se construye la disciplina; se desgasta la ilusión.
A veces el mejor apoyo consiste simplemente en estar presentes. Ir a verlos cuando nos lo piden, celebrar su esfuerzo mucho más que el marcador y recordarles que su valor nunca depende de una medalla, de un gol o de una calificación. Y si en algún momento nos dicen que prefieren que no asistamos porque nuestra presencia les genera nervios, también hay que respetarlo. Escuchar a nuestros hijos es otra forma de acompañarlos.
Historias como la de Gilberto Mora nos recuerdan que el talento necesita disciplina, pero también estabilidad, confianza y una familia que crea en él incluso antes de que lleguen los aplausos. Estoy convencida de que detrás de cada niña, niño o adolescente que alcanza sus metas hay muchas horas de esfuerzo silencioso compartido entre entrenadores, maestros, madres, padres y personas cuidadoras.
Encontremos los talentos de nuestros hijos. Acompañémoslos con paciencia, con amor y con equilibrio. Enseñémosles que los sueños se construyen con disciplina, preparación y estudio. Porque el verdadero éxito no consiste únicamente en llegar lejos, sino en formar personas felices, perseverantes y capaces de desarrollar todo su potencial, lo cual también es su derecho.





