¿Todos los políticos son iguales… o conoces a los mismos?

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Omega Vázquez 

Hay una frase que escucho todos los días:

“Todos los políticos son iguales.”

Y entiendo perfectamente de dónde viene. Durante años hemos visto promesas incumplidas, campañas espectaculares que desaparecen al día siguiente de la elección y personajes que cambian de partido con la misma facilidad con la que cambian de discurso. Pero quiero plantear otra pregunta:

¿Todos los políticos son iguales o conocemos siempre a los mismos?

Porque muchas veces la política parece una rueda que gira sobre los mismos nombres, las mismas caras, los mismos grupos y las mismas prácticas. Y cuando eso ocurre, es fácil pensar que nada cambia.

Sin embargo, la historia demuestra que las transformaciones más importantes han llegado cuando personas distintas decidieron involucrarse. Mujeres y hombres que no venían de los privilegios de siempre, que conocían los problemas porque los habían vivido y que entendían que gobernar no es administrar el poder, sino servir.

Generalizar puede ser cómodo, pero también puede convertirse en una forma de renunciar a exigir más.

Porque si todos fueran iguales, ¿para qué votar? ¿Para qué participar? ¿Para qué señalar lo que está mal y apoyar lo que está bien? La realidad es más compleja.

Hay malos servidores públicos, como hay malos empresarios, malos maestros o malos médicos. Pero también existen personas honestas que trabajan todos los días para resolver problemas, muchas veces sin reflectores y sin reconocimiento.

La verdadera pregunta no es si todos son iguales. La verdadera pregunta es si estamos dispuestos a distinguir entre quien busca un cargo y quien busca una causa. Entre quien aparece sólo en campaña y quien está presente cuando no hay cámaras. Entre quien habla de la gente y quien trabaja con la gente.

Quizá el problema no sea que todos los políticos sean iguales. Aquí el problema es que durante demasiado tiempo hemos permitido que los mismos ocupen siempre los mismos espacios. Y cuando aparecen perfiles nuevos, ciudadanos comprometidos, mujeres preparadas, jóvenes con ideas frescas o liderazgos cercanos a la comunidad, muchas veces los medimos con la misma vara del desencanto.

México necesita más participación y menos resignación. Porque cuando dejamos de creer que todo es igual, comenzamos a exigir que sea mejor. Y esa diferencia, por pequeña que parezca, es el inicio de cualquier transformación.